
Lectura.
1.Actualidad del diálogo
El diálogo fue un tema dominante del Vaticano II y es un rasgo característico de
la Iglesia posconciliar. “El espíritu del diálogo es uno de los aspectos más impresionantes del nuevo estilo de
la Iglesia”. La consigna fundamental es: del anatema al diálogo. “El impacto creado por el tema conciliar del diálogo fue tan fuerte que repercutió en la sociedad entera”; el Concilio no sólo habló de diálogo sino que fue un diálogo con todo el mundo. En realidad, el diálogo es una forma de apostolado o de misión, junto a la presencia personal, el testimonio de vida y el compromiso al servicio de los pobres.
2.Naturaleza del diálogo
“Diálogo es una discusión entre personas o grupos, caracterizada por una apertura sin reservas, en torno al problema común de una verdad importante para la mutua convivencia”. Cinco notas básicas especifican el diálogo: 1) es coloquio, a saber, conversación abierta en un clima de simpatía o de comprensión; 2)en ambiente de libertad, con tolerancia, sin que se anulen o encubran las posiciones auténticas o se reduzcan forzosamente a unidad las diversas interpretaciones de la verdad; 3) con sinceridad y confianza, sin fingimientos ni encubrimientos, con atención a las ideas del interlocutor y disposición a modificar las propias; 4) en búsqueda de la verdad en todos sus niveles, sobre problemas de fondo o de valores, en orden a una mutua comprensión e intercambio de posiciones; 5)entre personas o interlocutores de diversa orientación, con convergencia de ciertos valores, no entre doctrinas o sistemas.
3. Imperativos del diálogo
a)El diálogo procede dialécticamente, no autoritariamente, responde a una manera de pensar no dogmática. Es un encontrarse recíproco entre un yo y un tú o una comunicación viva entre personas en cuanto personas; de esta forma la estructura litúrgico-celebrativa ha sido descrita como un diálogo, un diálogo entre Dios y su pueblo”, binomio entre la palabra y el símbolo.
b) El diálogo se hace hoy necesario por el pluralismo que vivimos, tanto en la sociedad como en
la Iglesia. En
la Iglesia existen diversos modelos de comunidad, escuelas teológicas y tipos de espiritualidad. El diálogo, dentro del pluralismo, es imprescindible. Según la exégesis actual, el NT es ya un maravilloso ejemplo y paradigma de diálogo entre unidad y pluralidad.
c) Las dificultades del diálogo crecen cuando las personas o grupos dialogantes pretenden poseer una intención universal, con la pretensión de poseer la verdad o las claves para alcanzar la verdad.
d) Sin propósito de llegar a un acuerdo no hay diálogo, es negociación, intento de mutua convicción, saber perder lo particular para ganar entre lo todos lo universal.
e) No todos los momentos son propicios al diálogo, ni todos los diálogos son posibles. En ocasiones es inútil comenzar un diálogo, sobre todo si una de las partes tiene “oídos sordos”.
f) Para que se llegue dialogalmente a un proceso de decisión es conveniente elaborara en el seno del grupo un proyecto para que se consulte a peritos y teólogos, responsables cristianos y pueblo de Dios, con las enmiendas oportunas, la comisión mediante una dinámica interna de diálogo o de interacción entre sus miembros, procurará que las iniciativas de todos sus miembros se reduzcan a la unidad.
4. Ámbitos del diálogo.
Dado el pluralismo que hoy existe en la sociedad y teniendo en cuenta la pluriformidad de las Iglesias, parece difícil el diálogo de
la Iglesia con el mundo en un nivel abstracto y general. El sujeto eclesial del diálogo con la sociedad es
la Iglesia primordialmente diocesana o local, incluso cuando el diálogo sea universal en razón de ciertos contenidos, actitudes, sentidos y significaciones.
5. Prioridades del Diálogo.
Si el diálogo es fundamentalmente un espacio que considera diversas alternativas para optar por un camino, unos medios y unos objetivos, podemos señalar hoy dos diálogos prioritarios: el relativo a las alternativas que se dan actualmente en la sociedad y el relacionado con las alternativas que se dan asimismo en el interior de
la Iglesia.
6. El diálogo en la evangelización.
Junto al crecimiento del diálogo hoy advertimos una crisis de fe, lo cual no significa que no se compaginen la adhesión a la fe y el espíritu del diálogo, aunque en ocasiones estén en conflicto.
La fe entraña la adhesión a un valor que se toma como sagrado y trascendente, que corresponde a un bien supremo y absoluto, pero que de ninguna manera se opone al sentido del hombre. Por el contrario, “ El espíritu del diálogo exige que se pongan de manifiesto los valores y las verdades presentes en las otras posiciones”.
En el diálogo pastoral se quiere ayudar al otro a aprender a ver su vida a la luz de Dios. A menudo se necesita un camino muy largo hasta llegar aquí. El hombre con el que establecemos el diálogo pastoral ha perdido a menudo no sólo el contacto con Dios, sino también con sus prójimos y consigo mismo. En el diálogo pastoral vamos a ayudarle a encontrar de nuevo la relación adecuada consigo mismo, con sus hermanos y con Dios.
Anexo de lectura
Consideración final
Volvamos al punto de partida. ¿Cuál es la posición del Concilio Vaticano II con respecto a los otros Concilios de la historia de
la Iglesia en lo que se refiere a su trayectoria espiritual y a su intención fundamental? ¿Ha mundanizado a
la Iglesia o la ha espiritualizado? El Vaticano II, ¿significa una ruptura o una continuación?
El Vaticano II, comparado con ciertas tendencias del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, representa, sin duda, una ruptura, pero se trata de una ruptura dentro de una intención fundamental común. Se podría afirmar: el Concilio traza el tránsito desde una situación en la que parecía haberse alcanzado un máximo (de cristianización) y cuya conservación y afianzamiento se consideraba como la tarea más importante, a otra situación en la que hay reconocer de nuevo la radical postura minoritaria de los cristiano, lo primario no es la conservación, sino la existencia misionera. No es posible mantener simplemente lo que ya existe, sino que es preciso exponerse a la situación misionera en la que realmente nos encontramos. Con otras palabras. El Concilio traza la transición de una postura conservadora a una postura misionera, y la oposición que el Concilio entraña frente al conservadurismo no se ha de llamar progresista, sino misionera. En esta antítesis se da el sentido exacto de lo que quiere decir y no decir la apertura conciliar al mundo. Esa apertura no ha creado para el cristiano una mayor comodidad dándole libertad para un conformismo mundano de cultura de masas según la moda. Esto no podía hacerlo el Concilio, porque, en cuanto evento cristiano, estuvo marcado por el inconformismo de
la Escritura: “No os conforméis a este mundo”. El Concilio hace que el cristiano tome conciencia de lo expuesta que está su existencia en medio de un mundo no cristiano: “como corderos en medio de lobos”, dice Cristo (Mt. X, 16), y le anima a apoyarse en Cristo, el Cordero degollado, que no teme en medio de la manada de lobos, porque al fin y al cabo la debilidad del Cordero es más fuerte que los animales del abismo. Todo esto no quiere decir sin más que todos los cristianos sean corderos ni que todos los no cristianos sean lobos. Tan sólo hace referencia a la debilidad de la fuerza de nuestra propia bondad. Cuando un cristiano comienza a confiar en sí mismo y a envanecerse, ha errado el camino: quien es un cordero en medio de lobos no puede jactarse de sus fuerzas y precipitarse temerariamente en medio de ellos como si nada le pudiera ocurrir. Pero un cristiano que imita a Cristo tiene, sin embargo, todos los motivos para, lleno de confianza, ir al mundo con Cristo y cumplir en él su servicio. Puede seguir con tranquilidad al “Cordero degollado” (Ap. V, 6; cfr. in. 1, 29; Ac. VIII, 32; 1 Pat. 1, 19), porque sabe que este Cordero destrozado por los lobos tiene en sus manos los sellos de la historia del mundo, y los abre (Ap. V, 5.6). El cristiano puede dejarse abrir con el Cordero “abierto” —desgarrado— en
la Cruz (cfr. in. XIX, 34), y así ayudar a que el mundo cerrado se abra a la apertura de Dios, la única apertura verdadera, sin la cual todo el mundo permanecería desesperadamente hermético: Nadie podía abrir el sello sino sólo el Cordero que habla sido degollado (cfr. Ap. V, 3-4).
Rantzinger, J. Consideración final. En Iglesia abierta al mundo. Palabra nº 18 (mayo de 1967), pp. 18-23. Recuperado el 29 de marzo de 2007. De
http://www.unav.es/tdogmatica/vat2/Iglesia%20abierta%20al%20mundo.html